Argentina lo jugó con “huevos” y el corazón en la mano
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Egipto lo ganaba 2 a 0, Messi había errado un penal y faltaban 12 minutos. Estaba perdido y apareció el temple del jugador argentino que tanto se cotiza en cualquier parte del mundo. Messi marcó el camino con un centro al Cuti, un gol de él y el tercero de Enzo que desató la locura total en la bella Atlanta.
Por Enrique Cruz
Cuando todo parecía perdido, cuando cualquier equipo habría bajado los brazos, cuando el rival cerraba caminos y el arquero se atajaba todo, apareció el gen del viejo y glorioso fútbol argentino. El temple, el amor propio, el corazón, los “huevos” que la hinchada pide y que a este equipo le sobra. Fue una ráfaga impresionante la del final. Messi se cargó el equipo al hombro. Le metió el centro del descuento al Cuti Romero e hizo el segundo. Scaloni acertó con los cambios. Puso a Lautaro pero no lo sacó a Julián, que hizo un esfuerzo físico descomunal. Una “fiera” Julián Alvarez, que recuperó esa pelota del final y allí arrancó la jugada del tercero, que desató una fiesta tremenda en la bellísima Atlanta.
Fue el desahogo de todos. Por eso se justifica el festejo del final, la locura de los jugadores y de la gente. Las lágrimas de Messi. Las de Scaloni. Un desborde emocional totalmente justificado. Y un partido que pasará a la historia. Habría que buscar si alguna vez se logró dar vuelta un 2 a 0 en un Mundial y en tan poco tiempo. Fueron 10 minutos, entre el descuento del Cuti y el tercero de Enzo. ¡Tremendo!
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Argentina pagó caro el inicio del partido. Al equipo le costó entrar en juego, no se metió a tiempo y Egipto lo aprovechó. Centro al segundo palo, Yasser Ibrahim se anticipa a Lisandro Martínez y mete un cabezazo que lo toma a contrapierna al Dibu. Un gol que establecía justicia en ese comienzo errático, dubitativo, posiblemente sorprendido por la actitud del rival, que salió a atacar y lo complicó mucho.
A partir de allí fue todo de Argentina. Un penal que el arquero Shobeir (gran figura y responsable de la victoria parcial de su selección), le atajó a Messi; un centro de De Paul (de lo poco positivo que hizo en el primer tiempo) que fue cabeceado por MacAllister y ocasionó una gran atajada de Shobeir; un tiro libre de Messi en el poste derecho y otro “atajadón” de Shobeir luego de un enorme pase de Paredes para Tagliafico y pase al medio que Julián Alvarez conectó y se encontró con una nueva atajada de Shobeir.
La reacción de la selección fue la típica de un equipo lastimado, golpeado, que asumió el hecho de ir perdiendo y fue a buscar el empate. Faltaron más intentos de media distancia, estuvo bien marcado Messi y esa línea de cinco que armó Egipto le dio resultado, aunque, por las dudas, detrás de ellos estaba un arquero dispuesto a ser la gran figura del partido desde el momento en que le tapó el penal que Messi ejecutó muy anunciado. Iban 20 minutos y hacía cinco que ganaba Egipto. Hubiese sido un buen incentivo –si lo empataba- para que el partido cambiase de dueño.
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Egipto jugó bien ese primer cuarto de hora. Tuvo rapidez y luego mostró disciplina para defender esa ventaja parcial. El equipo levantó en los últimos 20 minutos, allí creó las situaciones de gol (salvo el penal) y fue más rápido y no tan previsible. Poco de Enzo Fernández, también de De Paul y de Molina por el costado derecho. Por eso, la profundidad por afuera se la dio Tagliafico, cosa que no se vio por el otro costado.
Se dio en el arranque del complemento una situación que podría haber sido determinante. Arrancó en una pelota que le robaron a Lisandro Martínez y de allí vino la contra que terminó en gol de Egipto. Se revisó y encontraron una clara infracción en perjuicio del defensor argentino. Del 0-2 se pasó a tener un tiro libre a favor a manera de córner. Pero estaba escrito que no era nuestro día. Cuando Scaloni mandó a la cancha a Lautaro Martínez y a Nicolás González por De Paul y Tagliafico, vino la contra que marcó la gran diferencia de velocidad a favor de los egipcios. Zico fue el que empujó la pelota al fondo del arco, después de un pase al medio. Los problemas defensivos que ya se vieron en otros partidos –en algunos sin riesgo para el resultado- reaparecieron en la tarde de Atlanta para poner el partido 2 a 0.
Dos “9” en la cancha, un wing (Nicolás González), pausa de hidratación y Montiel por Molina. Pero al margen de esto, la necesidad de que aparezca no solo la jerarquía individual y colectiva (que estuvo presente en la parte final del primer tiempo, pero sin precisión para definir y un gran arquero enfrente), sino también eso que tanto distingue a los argentinos: la reacción ante la adversidad y el amor propio para superar un obstáculo que se hacía complicado a medida que pasaban los minutos.
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Faltaban 12 cuando llegó el centro de Messi, perfecto, a la cabeza del Cuti Romero. Era el 2 a 1 en un momento clave, todavía con bastante tiempo por jugar, “tocado” en el fuego sagrado y con un rival que se metió en el fondo para amontonar gente y así cerrar espacios, dejando solo la opción del contragolpe, que igualmente resultaba peligrosa por la velocidad de sus delanteros.
Y tenía que ser él. Tenía que ser Messi. En una jugada que arrancó él mismo, que pudo ser de Lautaro (ya antes había tenido una chance que le sirvió Messi), la peleó Montiel y terminó en la zurda de un jugador que no para de sorprender y de emocionar a todos, para empalmar la pelota y clavarla lejos del alcance del buen arquero egipcio. Fue una ráfaga de cinco minutos, para que esa Argentina del pecho caliente pudiera empatar un partido que se había complicado muchísimo.
Y el milagro se produjo nomás. Gran pelota que robó Julián Alvarez (enorme partido, más allá de sus imprecisiones y la ausencia de gol) para que arranque un contragolpe letal, que encontró a Lautaro Martínez abierto por derecha; el centro de Lautaro fue impecable, justo a la cabeza de un exhausto Enzo Fernández, que llegó al área con lo que le quedaba y metió un cabezazo formidable para quebrar a un equipo egipcio que minutos antes saboreaba la victoria.
El final fue tremendo. Y con el pitazo final del francés se desató una fiesta impresionante en un estadio que, apenas un rato antes, se silenciaba y presagiaba lo peor. Pero apareció el valor, ese fuego sagrado que tiene el jugador argentino. Y Messi… ¿Qué más se puede decir de él que no se haya dicho? Erró un penal, el equipo perdía 2 a 0 y apareció en toda su dimensión. Por eso, sus lágrimas del final y ese festejo enloquecido en la mitad de la cancha bien valen la pena. Este equipo agregó un eslabón más a este proceso exitoso que se resiste a ponerle fin, aún ante las adversidades de rivales que realmente se la han puesto difícil, como pasó con Cabo Verde y con Egipto.

