23 de mayo
Día del Cine Nacional: los destellos de una pantalla que empezó a iluminar nuestra historia
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Mario Gallo, pionero del cine argentino, narró la historia nacional con "La Revolución de Mayo", fundando una industria que refleja la identidad del país.
Cada 23 de mayo, las carteleras y las memorias se detienen en un ritual que trasciende el simple visionado de una película. Se celebra el Día del Cine Nacional, una fecha que invita a mirar hacia atrás, hacia los cimientos de una industria que aprendió a narrar la identidad argentina desde sus primeros balbuceos tecnológicos.
El origen de esta conmemoración nos remonta a una jornada histórica de 1909, cuando los espectadores que colmaban el Teatro Ateneo de Buenos Aires asistieron al estreno de La Revolución de Mayo, considerada la primera obra cinematográfica argumental de nuestro país.
Aquella proyección pionera no solo sentó las bases artísticas de una cinematografía que hoy es orgullo y faro en la región, sino que también demostró que el cine argentino nació, desde su génesis, con la profunda vocación de contar la historia propia y de revisar el pasado para entender el presente.

El 18 de julio de 1896, el Teatro Odeón de Buenos Aires albergó la primera proyección cinematográfica en suelo argentino, utilizando un kinetoscopio para exhibir los célebres cortometrajes de los hermanos Lumière.
El sello de un pionero italiano
La realización de La Revolución de Mayo estuvo a cargo de Mario Gallo, un realizador inmigrante oriundo de Barletta, Italia. Gallo, fuertemente influenciado por el cine francés de la época —el célebre film d’art—, asumió el desafío de poner en escena los sucesos que tuvieron lugar en la Semana de Mayo de 1810, estructurando el relato en quince cuadros teatrales.
Rodada con una cámara fija en un gran plano general, donde los asistentes modificaban los fondos mediante telones pintados, la película contó con las actuaciones del actor uruguayo Eliseo Gutiérrez, César Fiaschi y el propio director. El argumento hacía hincapié en las revueltas administrativas en torno a las cintas distintivas y la proclamación de la Primera Junta liderada por Cornelio Saavedra, permitiéndose incluso licencias históricas llamativas, como la inclusión anticipada de la figura del General José de San Martín.
Gallo no fue un improvisado en las temáticas patrias. Ya venía de registrar cortometrajes como Plazas y paseos de Buenos Aires (1907) y El fusilamiento de Dorrego (1908), y continuó su saga histórica con títulos posteriores de la talla de La creación del himno (1910) y La batalla de San Lorenzo (1912). La cinta original, filmada en 35mm, pasó a 16mm en 1955 y fue meticulosamente restaurada por Cinecolor Argentina en 2009, permitiendo que la piedra fundacional de nuestra pantalla volviera a brillar con nitidez cien años después.
De los hermanos Lumière a las primeras cámaras en el país
La arqueología de nuestra pantalla revela, sin embargo, que el asombro por las imágenes en movimiento había comenzado un poco antes. El 18 de julio de 1896, el Teatro Odeón de Buenos Aires albergó la primera proyección cinematográfica en suelo argentino, utilizando un kinetoscopio para exhibir los célebres cortometrajes de los hermanos Lumière. Aquella función, promovida por Francisco Pastor y el periodista español Eustaquio Pellicer (quien más tarde fundaría la emblemática revista Caras y Caretas), subyugó de inmediato al público local y a personalidades de la política como el expresidente Carlos Pellegrini.
Entre los asistentes de esas primeras funciones se encontraban Henri Lepage, Max Glücksmann y el fotógrafo francés Eugenio Py. Juntos se convirtieron en los grandes impulsores de la industria al importar las primeras filmadoras y proyectores. Sería el propio Py quien registraría La bandera argentina, considerado el primer ensayo de filmación local, antes de que el 25 de octubre de 1900 naciera formalmente el cine documental argentino con la filmación del encuentro entre el presidente Julio Argentino Roca y el mandatario brasileño Manuel Ferraz Campos Salles.

Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).
Un faro cultural que sigue encendido
Aunque a finales del siglo XIX coexistieron diversos sistemas de proyección en las salas porteñas —como el vivomatógrafo o el vitascopio de Edison—, la tradición cultural argentina consolidó el estreno de la obra de Mario Gallo como el verdadero punto de partida de la ficción nacional.
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Hoy, más de un siglo después de aquellos telones pintados y planos fijos, el cine argentino se erige como un pilar fundamental de la cultura, un espejo indispensable que sigue reflejando las contradicciones, los dolores y las pasiones de una sociedad que, a pesar de los vaivenes del tiempo, nunca deja de asistir a las salas para encontrarse con sus propias historias.

