El clamor popular para Messi: “una más y no jodemos más”
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Una victoria en la final del mundo, lo elevará a una dimensión desconocida para todos los jugadores de la historia del fútbol argentino. Una derrota no reducirá en absoluto la brillantez de su legado.
Antes de empezar el Mundial, escribía sobre Messi y tiraba la pregunta acerca de qué Messi podíamos ver. Pero lo que menos nos podíamos imaginar, era ver a un jugador en una dimensión impropia para alguien de 39 años, que desde hace algunas temporadas milita en una liga de menor jerarquía y no en un primer nivel. Por lo visto, lo que para algunos podría haberse convertido en el escenario perfecto para iniciar el camino de la decadencia y el ocaso, para él no. Al contrario, está jugando un Mundial extraordinario, figura en casi todos los partidos, goleador y con muchas chances de convertirse en el mejor futbolista de este campeonato.
Thomas Tuchel, el técnico de Inglaterra, fue muy claro cuando lo definió, luego de haberlo padecido el martes en esta ciudad. “He jugado contra algunos de los mejores futbolistas de la historia, pero noches como esta te recuerdan por qué Lionel Messi es diferente. Nos preparamos para él toda la semana. Teníamos planes, marcadores, instrucciones… y nada fue suficiente. Nos castigó con dos momentos de genialidad absoluta”, señaló el entrenador inglés. Y luego agregó: “Puedes pararlo durante 85 minutos, pero Messi solo necesita cinco segundos para destruir todo lo que has construido. Eso fue lo que pasó esta noche. Dos asistencias, sin pánico, sin movimientos innecesarios, pura inteligencia futbolística. No fuerza el juego. Espera… y cuando cometes un error, estás muerto”.
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Hay algo bueno que dijo Pep Guardiola, su entrenador en los mejores momentos del Barcelona, cuando armó un equipo brillante y en el que Messi era el mejor de esos mejores, cuando dio a entender que Messi, mentalmente, le lleva diez segundos de ventaja al resto. Lo demostró en la jugada del segundo gol. Antes de recibir la pelota, sabía lo que iba a hacer. No enganchó hacia afuera para buscar su mejor perfil para el remate al arco, sino que ató la pelota a su zurda, fue a buscar a los defensores rivales que se escalonaban para marcarlo (así fue toda la tarde), la tiró larga por afuera como si fuese un wing y metió el centro de derecha para ponerle la pelota en la cabeza a Lautaro Martínez, superando a los grandotes ingleses y al bueno de Pickford, el arquero.
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Messi volverá a jugar una final del mundo. Este Mundial lo puso en el centro de escena como el máximo goleador de la historia de los mundiales y quiere defender esa posición, al menos hasta el próximo Mundial. Pero más allá de ese respeto que siempre fue admiración, el de él hacia Diego, este “animal competitivo” que tiene adentro lo lleva a buscar nuevamente la gloria para que la selección concrete lo que no pudo aquella de Bilardo en Italia, después de haber sido campeón en México.
Ya está dicho que Messi no necesita demostrar nada. El fútbol le rinde honores desde hace 20 años y con el éxito logrado el martes ante Inglaterra, ya nadie está en condiciones de reprocharle nada. Sus detractores, que viven creando la grieta con Maradona, no tendrán de qué agarrarse. Messi está en un pedestal al que nadie pudo llegar en la historia del fútbol argentino y hasta podría decirse que a nivel mundial. Ostentó el “título” de mejor jugador del mundo por muchísimos años, casi todos los de su carrera. La final del domingo no va a opacar absolutamente nada.
Pero el caramelo está ahí. Y Messi es de esos que “huelen sangre”, como dijo Scaloni al referirse a su equipo, después del brillante partido del martes. Ganar el Mundial le sumará mucho; caer en la final no le hará perder nada de lo que ya consiguió. El fútbol ya le pertenece por completo. Una nueva estrella en el pecho no lo hará más gigante, de la misma forma que una derrota en la final no podrá rasguñar su legado. Leo juega este último partido libre de cargas, con el único deseo de estirar la magia un minuto más. Ganar es el cielo; perder es seguir siendo el rey. Por eso, con el corazón en la mano, solo le pedimos un favor: una más y no jodemos más.
