Como cada 6 de enero
Los Reyes Magos y su paso por un camino rural de Santa Fe
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En Colonia Bossi, un niño de seis años del interior santafesino transformó la tradicional espera de los Reyes Magos en una profunda lección de inocencia y fe. Su conmovedora historia, arraigada en el amor familiar y la vida rural, ofrece un relato atemporal sobre el verdadero sentido de la celebración en el campo argentino.
(Por Juan Carlos Haberkon) - La narrativa de los Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, se arraiga en los relatos bíblicos que describen cómo tres sabios de Oriente fueron guiados por una estrella hasta Belén para rendir adoración al niño Jesús.
En aquella ocasión, los obsequios ofrecidos al recién nacido fueron oro, incienso y mirra, simbolizando realeza, divinidad y humanidad, respectivamente. Con el transcurso de los siglos, esta escena se ha consolidado como una de las tradiciones más profundamente enraizadas del cristianismo popular. Cada 6 de enero, la llegada de los Reyes para dejar regalos a los niños representa la universalidad del mensaje cristiano y la unión de distintas razas y continentes ante la figura del Mesías.
La popularización de esta tradición se acentuó particularmente a partir del siglo XIX, con el inicio de las cabalgatas y celebraciones públicas. No obstante, más allá de las luminarias y los desfiles de las ciudades, en los pueblos y en el campo argentino, la llegada de los Reyes Magos conserva un matiz distinto, más íntimo y profundo. Es en esos escenarios rurales, donde el silencio de la noche se mezcla con el canto de los grillos y el cielo parece más cercano, que la espera de los Reyes se vive con una intensidad difícil de describir.
La espera en el corazón rural
En este contexto aparece Carlitos, un niño de la época moderna, cuya infancia transcurrió en el corazón rural de Colonia Bossi. Criado en medio del campo junto a su familia, su vida estaba marcada por el trabajo, el esfuerzo y una humildad que, si bien no conocía de lujos, sí se cimentaba en valores firmes.
Carlitos y sus hermanitos debían recorrer a pie unos 300 metros para salir de la propiedad familiar y alcanzar un camino rural de mayor importancia. Esta distancia, que para un adulto sería insignificante, para ellos se convertía en una travesía cargada de ilusiones, especialmente cada 5 de enero por la noche.
La preparación de la bienvenida
La escena se repetía año tras año. Al caer el sol y la noche del 5 de enero envolver el campo, Carlitos, con apenas seis años, asumía la responsabilidad de preparar la bienvenida para los Reyes. Sabía que por ese camino rural, en la madrugada del 6, pasarían Melchor, Gaspar y Baltasar. No había lugar para dudas ni desconfianza: los Reyes existían y llegarían, como siempre. Buscaba un tarro y lo llenaba con agua limpia y fresca, pensando en el extenso viaje que traían los camellos.
Luego, cortaba el pasto necesario, guiado por su propio criterio infantil, convencido de la importancia de que los animales se alimentaran adecuadamente en cada parada. No era un gesto realizado de memoria, sino una tarea ejecutada con el amor y la dedicación que solo los niños pueden poner en las cosas trascendentales.
Con la ayuda de su mamá, Carlitos redactaba la cartita. En ella se plasmaba un pedido concreto, sencillo y honesto, acorde a las posibilidades de una familia humilde y trabajadora. No se solicitaban grandes lujos, sino aquello que el corazón de un niño deseaba con vehemencia. Con la tarea cumplida, la caminata de regreso a la casa se hacía lenta, como si el tiempo se estirara para prolongar la dulzura de la espera.
El amanecer del 6 de enero
El amanecer del 6 de enero traía consigo la confirmación del milagro. La familia volvía a recorrer esos mismos 300 metros hasta el camino. Al llegar, el tarro estaba vacío, el pasto ya no estaba, y como detalle mágico, aparecían las marcas en la tierra: las inequívocas pisadas de los camellos. Era la señal de que los Reyes habían cumplido su promesa durante la noche. Unos metros más adelante, en el lugar predilecto, se encontraba el regalo, exactamente el que Carlitos había solicitado en su cartita.
La alegría del niño conmovía a todos los presentes. No era solo un obsequio; era la certeza de que la ilusión había valido la pena. La inocencia de Carlitos, sostenida por el acompañamiento silencioso y amoroso de toda una familia, había logrado materializar su sueño. En esa sencilla escena se resumía todo: el amor, la fe y el esfuerzo compartido.

El anhelo de ver a Melchor, Gaspar y Baltasar
Lejos de conformarse con esa felicidad, Carlitos decidió redoblar la apuesta. Con la seguridad que solo confiere la infancia, le pidió a su mamá que, para la siguiente visita de los Reyes Magos, se quedaría toda la noche en el camino. Su deseo era saludarlos, verlos de cerca, observar cómo los camellos se alimentaban del pasto que él había preparado con tanto esmero la noche anterior.
Este anhelo trascendía la mera curiosidad; era la necesidad de confirmar con los propios ojos aquello que el corazón ya intuía. Un «ver para creer», que también implicaba «creer para ver». El sueño de Carlitos simbolizaba la esencia misma de la tradición: la confianza absoluta en lo mágico, en lo bueno, en aquello que no requiere explicaciones racionales. Quizás nunca logró permanecer toda la noche despierto, o quizás el cansancio lo venció antes de tiempo. Poco importa el desenlace exacto. Lo que quedó grabado para siempre fue ese momento único, ese recuerdo imborrable de una infancia marcada por la ilusión y el amor familiar. Una historia pequeña, simple, pero de una fuerza inmensurable.
La esencia perdurable de una tradición
En definitiva, la historia de los Reyes Magos no reside únicamente en los libros ni en las multitudinarias cabalgatas. Vive en cada Carlitos que, en algún rincón del país, continúa dejando agua y pasto con la esperanza intacta. Vive en las familias que, incluso en la humildad, sostienen la ilusión. Y vive en esos recuerdos que, con el paso de los años, se transforman en relatos que no son propiedad de uno solo, sino patrimonio compartido de todos.

