Historias que cruzan fronteras
María Hure: la primera venadense cerca de graduarse en Harvard
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Se formó en la ciudad, estudió en Buenos Aires y está a semanas de terminar su MBA en la prestigiosa casa de estudios.
Hay trayectorias que no se explican por un solo momento, sino por una sucesión de decisiones que, vistas en perspectiva, terminan construyendo un camino. La de María Hure es una de esas historias.
A los 32 años, está a pocas semanas de terminar el Master in Business Administration (MBA) en Harvard Business School, una de las escuelas de negocios más reconocidas del mundo. Llegó hasta ahí después de atravesar un proceso de selección en el que ingresan apenas 9 de cada 100 postulantes y con una beca completa que le permitió sostener la experiencia durante dos años.
Pero antes de Boston, de los anfiteatros sin pantallas y de las discusiones en inglés frente a 90 compañeros, hay una historia que empieza en Venado Tuerto. En el colegio Sagrado Corazón, donde cursó desde muy chica hasta terminar el secundario, encontró un espacio en el que no solo se formó académicamente, sino que también empezó a construir una forma de vincularse con el estudio.
“Participaba de todo lo que había, olimpiadas, modelo ONU, compartía la bandera con una compañera porque teníamos el mismo promedio”, recuerda. Esa combinación entre disciplina, curiosidad y constancia fue una de las primeras marcas de un recorrido que después se iba a complejizar.
El primer desplazamiento: de la ciudad a la universidad
Al momento de elegir una orientación en el secundario, se inclinó por economía, más por afinidad que por un plan estructurado. La comodidad con los números fue determinante. “Sentía que me iba bien y que me gustaba, entonces decidí estudiar eso”, explica. Esa decisión la llevó a pensar en una carrera vinculada a la contabilidad y, con ese horizonte, apareció Buenos Aires como el siguiente paso.
Esa inclinación también tiene un anclaje cercano: su padre, Claudio Hure, es ingeniero civil y profesor en la UTN de Venado Tuerto, una referencia que acompañó ese vínculo con los números desde temprano.
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El ingreso a la Universidad de San Andrés marcó un punto de inflexión. No solo por el nivel académico, sino porque implicó mudarse a los 18 años y empezar una vida lejos de su entorno. Lo hizo gracias a una beca que combinaba mérito académico y necesidad económica, una condición que se repetiría más adelante en Harvard. Allí cursó en simultáneo Contador Público y Administración de Empresas, dos carreras que comparten parte de su estructura pero que le permitieron ampliar su formación.
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En ese contexto, empezó a aparecer algo que hasta ese momento no formaba parte de su horizonte: la posibilidad de estudiar en el exterior. “Antes era una utopía, no conocía a nadie que haya ido ni sabía cómo era el camino”, cuenta. Sin embargo, el entorno universitario y luego el laboral fueron acercando esa idea a un terreno más concreto.
Formación profesional y una búsqueda personal
Al terminar la carrera, ingresó a una consultora estratégica de alcance global, uno de los espacios más exigentes dentro del mundo corporativo. Durante más de cuatro años trabajó en proyectos para grandes empresas, en distintos sectores y países, en un esquema que combina presión, aprendizaje y evaluación constante. “Aprendés mucho, muy rápido. Tenés que estar dando lo mejor todo el tiempo”, describe.
Ese ritmo de trabajo le permitió desarrollar herramientas técnicas y también habilidades vinculadas a la comunicación, el liderazgo y la toma de decisiones. A la vez, tuvo la posibilidad de viajar, conocer otras culturas y trabajar con equipos diversos, algo que más adelante sería clave para su adaptación en Harvard.
En paralelo, empezó a aparecer una inquietud que no estaba del todo resuelta: cómo vincular ese recorrido profesional con un impacto más directo en la sociedad. Esa búsqueda la llevó a tener una experiencia en el CIPPEC, donde trabajó en temas vinculados a políticas públicas, infancia y vulnerabilidad social. Fue un paso breve pero significativo, que le permitió contrastar el mundo privado con el sector público y las organizaciones sociales.
Luego, ya en Mercado Pago, encontró un espacio donde esos intereses podían convivir. Durante tres años trabajó en una de las empresas tecnológicas más importantes de la región, enfocada en inclusión financiera. “Me interesaba hacer algo que tenga impacto en la vida de las personas, que ayude a mejorar su calidad de vida”, señala.
Harvard: de la idea lejana a la experiencia real
La posibilidad de aplicar a Harvard empezó a tomar forma a partir de su entorno laboral. Rodeada de colegas que habían hecho ese camino, comenzó a preparar el ingreso, un proceso que incluye exámenes exigentes, ensayos personales, cartas de recomendación y entrevistas.
El dato es contundente: más de 9 mil personas aplican cada año y solo ingresan alrededor de 900. Una vez adentro, la universidad evalúa la situación económica de cada estudiante para definir el acceso a becas. En su caso, obtuvo cobertura total para la matrícula, cuyo costo supera los 78 mil dólares anuales.
La llegada a Boston implicó un cambio profundo. No solo por el nivel académico, sino por la dinámica de las clases y el contexto cultural. El método del caso, característico de Harvard, obliga a los estudiantes a participar activamente en cada encuentro. No hay clases expositivas tradicionales: hay discusión, intercambio y posicionamiento.
“Tenés que tomar una postura, argumentar y sostenerla. El profesor te va a preguntar por qué y tus compañeros también”, describe. Ese formato, sumado a la exigencia del idioma, fue uno de los principales desafíos del primer tiempo. “Al principio fue muy duro, tenía que hablar en inglés frente a todos, en un entorno donde todos están muy preparados”, recuerda.
Las jornadas combinaban varias horas de clase con tiempo de estudio intensivo. La preparación previa de cada caso, la participación en el aula y la evaluación constante generaban un ritmo sostenido que exigía concentración y disciplina.
Entre el mundo y la distancia
Uno de los aspectos más valiosos de la experiencia fue el contacto con estudiantes de distintas partes del mundo. En su cohorte hay personas de Estados Unidos, Asia, Europa, Medio Oriente y América Latina, con trayectorias diversas y realidades muy diferentes.
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Ese intercambio permitió ampliar su mirada sobre los problemas y las soluciones. “Conocer gente que piensa distinto te cambia la forma de ver las cosas”, sostiene. Sin embargo, esa misma diversidad también implicó un desafío en lo personal.
La distancia con su familia, su pareja y su entorno cotidiano, sumada a las diferencias culturales, generó momentos de incomodidad. “Fue mucho cambio en poco tiempo, me sentía fuera de lugar, me costaba conectar”, reconoce. Esa tensión entre el aprendizaje y la incomodidad fue parte central del proceso.
En ese contexto, el grupo de argentinos se convirtió en un espacio de contención. En esta camada son nueve estudiantes, que se reúnen con frecuencia y sostienen un vínculo cercano en medio de una experiencia que, por momentos, puede resultar exigente también desde lo emocional.
Volver como decisión
A semanas de la graduación, el recorrido en Harvard entra en su etapa final. El 28 de mayo será el acto formal, con la entrega de diplomas, y luego comenzará una nueva etapa. En agosto, María volverá a trabajar en Mercado Pago, retomando su carrera profesional en Argentina.
La decisión de regresar no responde a una falta de oportunidades en el exterior, sino a una elección personal. “Esta experiencia fue muy buena, pero me reafirmó que quiero vivir en Argentina”, aclaró.
En paralelo, aparece otra dimensión de su historia: la de compartir el recorrido. No desde un lugar excepcional, sino como una experiencia que puede ser útil para otros. Considera que muchas veces el acceso a este tipo de oportunidades está condicionado por la información disponible.
“Hay muchas cosas que parecen cerradas, pero en realidad lo que falta es que la información llegue”, plantea. En ese sentido, busca mostrar que existen caminos posibles, que hay herramientas y que el proceso, aunque exigente, puede ser transitado.
También proyecta hacia adelante con una mirada puesta en la tecnología y en el impacto que puede tener en ciudades del interior. La inteligencia artificial, señala, abre nuevas posibilidades para pensar soluciones locales desde cualquier lugar.
A días de cerrar una de las experiencias más intensas de su vida, María Hure no habla de un punto de llegada ni de una meta cumplida, sino de un recorrido que todavía sigue abierto. El 28 de mayo se pondrá la toga en Harvard, con su familia presente y en una fecha que no es casual: coincide con el cumpleaños de su mamá, Graciela Spinozzi, maestra jardinera, una de las personas que más influyó en su vínculo con la educación.
Después vendrán unos días más en Estados Unidos y el regreso a Argentina, donde ya tiene definido su próximo paso laboral. Pero en el medio queda algo que no entra en un título ni en un currículum: la experiencia de haber atravesado un proceso que la sacó de todos sus lugares conocidos, la obligó a reconstruirse en otro idioma y en otra cultura, y la puso frente a un nivel de exigencia constante.
En ese recorrido, que empezó en Venado Tuerto y pasó por Buenos Aires antes de llegar a Boston, hay una idea que atraviesa toda su historia y que hoy busca compartir. “Me interesa contar que es posible, que alguien lo vea y se anime a intentarlo”, dice. Y en esa definición, más que el título que está por recibir, aparece el verdadero sentido de su paso por Harvard: no como un punto de llegada individual, sino como una puerta que puede empezar a abrirse para otros.

