Prevención del suicidio: por qué el silencio no protege y qué podemos hacer
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Derribar mitos, reconocer señales de alerta y saber cómo acompañar son claves para abordar esta problemática.
Cada 10 de septiembre, el Día Mundial para la Prevención del Suicidio vuelve a poner sobre la mesa un tema que durante mucho tiempo estuvo atravesado por el silencio y el temor a hablar. Una de las ideas más instaladas sostenía que mencionar el suicidio, preguntar directamente por él o abordarlo desde los medios de comunicación podía inducir a una persona a hacerlo.
La psicóloga Agustina Sacco (Mat. 9697) explica que esa creencia forma parte de los mitos que deben desterrarse y advierte que una comunicación responsable puede cumplir un papel preventivo. En diálogo con este medio, aborda cómo hablar del tema, qué señales pueden aparecer, qué hacer frente a una persona que expresa que no quiere seguir viviendo y cuál es la responsabilidad de las familias, escuelas, clubes, instituciones y medios de comunicación.
—¿Por qué es necesario hablar del suicidio?
—Durante muchos años existió la idea de que hablar del suicidio podía ser peligroso, como si poner el tema en palabras pudiera "dar ideas" o inducir a una persona a hacerlo. Hoy sabemos que el silencio no protege. Por el contrario, el silencio puede aumentar el aislamiento, el estigma y la dificultad para pedir ayuda.
Hablar del suicidio de manera responsable permite poner en palabras un sufrimiento que muchas veces permanece oculto. También permite que familiares, amigos, docentes, compañeros de trabajo y otros referentes puedan reconocer determinadas señales y sepan que preguntar y escuchar puede ser una forma de acompañar.
En Argentina, además, estamos frente a un problema de salud pública que merece ser observado. Según los datos del Sistema Nacional de Información Criminal y del Sistema de Alerta Temprana, en 2025 se registraron 5.209 suicidios, con una tasa de 11,8 casos cada 100.000 habitantes. Son cifras que nos obligan a dejar de pensar el suicidio como un problema exclusivamente individual y a abordarlo como un fenómeno complejo que requiere prevención, atención y políticas públicas.
Hablar no significa naturalizar ni banalizar. Significa poder construir herramientas para prevenir.
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—¿Preguntar directamente a una persona si está pensando en suicidarse puede inducirla a hacerlo?
—No. Ese es uno de los mitos que necesitamos desterrar.
Preguntar de manera directa y cuidadosa si una persona está pensando en suicidarse no aumenta por sí mismo el riesgo de que lo haga. Por el contrario, puede abrir una conversación que hasta ese momento no estaba pudiendo tener y permitir que la persona se sienta escuchada y tomada en serio.
Cuando vemos cambios importantes en alguien, cuando expresa desesperanza, dice que no encuentra salida o manifiesta que no quiere seguir viviendo, no deberíamos tener miedo de preguntar. Podemos hacerlo de manera sencilla: "¿Estás pensando en hacerte daño?", "¿Estás pensando en suicidarte?", "¿Sentís que no podés seguir?".
Preguntar no significa inducir. Significa habilitar la posibilidad de hablar de algo que puede estar generando muchísimo sufrimiento.
—¿Cuál es la diferencia entre hablar del suicidio de manera preventiva y comunicarlo de una forma que puede generar daño?
—La diferencia está fundamentalmente en para qué y cómo se comunica.
Una comunicación preventiva busca informar, desarmar mitos, disminuir el estigma, favorecer la búsqueda de ayuda y mostrar que una crisis puede ser atravesada con acompañamiento y tratamiento. También permite explicar que el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal y que no puede explicarse a partir de un único acontecimiento.
En cambio, una comunicación puede ser dañina cuando presenta el suicidio de manera sensacionalista, romantizada o simplificada; cuando convierte un caso en espectáculo; cuando describe en detalle el método utilizado o el lugar; cuando especula sobre los motivos o presenta el suicidio como una consecuencia inevitable de una determinada situación.
La Organización Mundial de la Salud advierte que la forma en que los medios comunican estos hechos puede contribuir tanto a debilitar como a fortalecer la prevención. Por eso, comunicar responsablemente también es una forma de prevención.
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—¿Qué errores deberían evitar los medios de comunicación?
—Uno de los principales errores es buscar una explicación única: "se suicidó por una separación", "por una deuda", "por problemas laborales" o "por una discusión familiar". Un suicidio no puede explicarse de esa manera.
También es importante evitar titulares sensacionalistas, la exposición innecesaria de familiares, la publicación de fotografías morbosas y, especialmente, la descripción detallada del método utilizado o del lugar donde ocurrió. Las recomendaciones internacionales de comunicación responsable señalan que estos elementos pueden aumentar el riesgo de imitación y contagio.
Otro error es presentar el suicidio como una solución, como un acto inevitable o como consecuencia directa de una determinada circunstancia. La información debería ayudar a comprender la complejidad del fenómeno y, sobre todo, ofrecer alternativas: dónde pedir ayuda, cómo acompañar y qué recursos existen.
Una noticia sobre suicidio no debería terminar solamente contando una muerte. Debería también ofrecer herramientas para cuidar la vida.
—¿Por qué no corresponde explicar un suicidio a partir de una sola causa?
—Porque el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal. En una persona pueden interactuar factores psicológicos, vinculares, familiares, sociales, económicos y comunitarios, además de acontecimientos vitales y circunstancias particulares.
Por eso es importante ser muy cuidadosos con la relación entre contexto y conducta suicida. Podemos decir que determinadas condiciones sociales pueden incrementar el sufrimiento, la vulnerabilidad o la sensación de falta de futuro, pero eso no significa establecer una relación causal directa.
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Hoy atravesamos contextos que pueden generar mucha incertidumbre: la inestabilidad laboral y económica, la precarización, el endeudamiento, las dificultades para sostener la vida cotidiana y la incertidumbre respecto del futuro. A esto pueden sumarse problemas personales, vinculares, psicológicos, consumos problemáticos u otras situaciones.
Reconocer estas condiciones no significa decir que una persona se suicidó "por una deuda" o "por haber perdido el trabajo". Significa comprender que no podemos reducir un problema colectivo y complejo a una responsabilidad exclusivamente individual.
Y esto también modifica la manera de pensar la prevención. No puede depender solamente de que una persona, cuando está atravesando una crisis, tenga la capacidad de pedir ayuda. También necesitamos políticas públicas, acceso real a la salud mental, dispositivos de atención, redes comunitarias y espacios que permitan detectar el sufrimiento antes de que la crisis escale.
En definitiva, no se trata solamente de prevenir que una persona se quite la vida. También se trata de construir condiciones que permitan hacer una vida habitable.
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—¿Qué señales de alerta pueden aparecer?
—No existe una única señal que permita determinar que una persona está en riesgo, y tampoco todas las personas presentan señales visibles. Pero sí existen cambios que deberían llamar nuestra atención, especialmente cuando son nuevos, intensos o persistentes.
Entre ellos podemos encontrar cambios marcados en el estado de ánimo, tristeza persistente, irritabilidad o enojo, aislamiento y retraimiento, sensación de soledad o desesperanza, dificultades importantes para concentrarse, cambios significativos en el sueño o la alimentación, caída en el rendimiento escolar, académico o laboral, dificultades para resolver situaciones cotidianas, aumento de determinados consumos y una pérdida del interés por actividades que antes resultaban significativas.
También debemos prestar especial atención cuando una persona expresa que no quiere seguir viviendo, que no encuentra una salida, que es una carga para los demás o que estaría mejor si no estuviera.
Y hay un antecedente que merece especial atención: haber tenido un intento de suicidio previo.
Es importante aclarar que una señal aislada no permite diagnosticar riesgo suicida. La mirada tiene que ser integral y, ante una preocupación concreta, es fundamental buscar evaluación y acompañamiento profesional.
Además, hay una etapa que muchas veces queda invisibilizada: cuando aparentemente "pasó la crisis". Que una crisis aguda haya disminuido no significa necesariamente que el riesgo haya desaparecido. La continuidad del cuidado, el seguimiento y el acceso a dispositivos de salud son fundamentales.
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—¿Cómo debería actuar alguien cuando una persona expresa que no quiere seguir viviendo?
—Lo primero es tomarlo en serio.
No minimizar, no juzgar y no reaccionar desde el miedo o el enojo. Hay que intentar permanecer cerca, escuchar y preguntar directamente qué está atravesando la persona y si está pensando en suicidarse.
No necesitamos tener una solución inmediata ni convertirnos en terapeutas de nuestros familiares o amigos. Nuestro papel puede ser acompañar, escuchar y ayudar a conectar a esa persona con profesionales y servicios de salud.
Si existe un riesgo inmediato, la persona no debería quedar sola y es necesario recurrir a los servicios de emergencia y a la atención profesional correspondiente.
También es importante no prometer confidencialidad absoluta cuando está en juego la vida de una persona. Si alguien nos dice que piensa suicidarse, pedir ayuda a otros adultos, familiares o profesionales no es traicionarlo: es cuidarlo.
—¿Qué frases ayudan y cuáles deberían evitarse?
—Ayudan las frases que transmiten escucha, disponibilidad y ausencia de juicio.
Podemos decir:
"Estoy acá para escucharte."
"Lo que te está pasando me importa."
"No tenés que atravesar esto solo."
"Podemos buscar ayuda juntos."
"Quiero entender qué estás viviendo."
"¿Estás pensando en suicidarte?"
En cambio, deberíamos evitar frases como:
"Tenés que ponerle voluntad."
"Hay gente que está peor."
"Pensá en todo lo que tenés."
"Lo hacés para llamar la atención."
"Eso es una locura."
"Tenés que ser fuerte."
"Pero tenés una familia que te quiere."
Aunque muchas veces estas frases se dicen con buena intención, pueden generar culpa o hacer que la persona sienta que su sufrimiento no es comprendido.
Acompañar no significa necesariamente tener las palabras perfectas. Muchas veces significa poder quedarse, escuchar y no escapar de esa conversación incómoda.
—¿Qué responsabilidad tienen las familias, las escuelas, los clubes y las instituciones?
—La prevención no puede quedar únicamente en manos de los profesionales de salud mental. Necesitamos construir una red.
Las familias tienen un papel fundamental en la escucha y en la detección de cambios. Las escuelas y universidades pueden generar espacios de alfabetización en salud mental, enseñar a reconocer señales de alarma y facilitar la búsqueda de ayuda. Los clubes y otros espacios comunitarios también pueden convertirse en lugares de pertenencia, vínculos y detección temprana.
Si empezamos a trabajar en prevención desde las escuelas, los colegios, las universidades, los clubes, los espacios deportivos y otras instituciones, podemos intervenir mucho antes de que una situación llegue a una crisis extrema.
También necesitamos formar a quienes están en contacto cotidiano con adolescentes, jóvenes y adultos para que sepan qué hacer frente a una señal de alarma.
La prevención es necesariamente comunitaria. Una persona puede necesitar atención clínica, pero también necesita vínculos, pertenencia, redes de cuidado y condiciones sociales que favorezcan una vida posible.
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—¿Qué información nunca debería faltar en una noticia o campaña?
—Nunca debería faltar una explicación que ayude a comprender que el suicidio es un fenómeno complejo y prevenible, evitando atribuirlo a una única causa.
También debería incluirse información sobre dónde pedir ayuda y cómo acompañar a alguien que está atravesando una crisis.
Es importante evitar detalles sobre el método, el lugar y las circunstancias específicas que no aportan a la comprensión del problema. También evitar la romantización, la culpabilización de familiares o personas cercanas y las explicaciones simplistas.
Y hay algo que me parece fundamental: una comunicación responsable no debería dejar a quien está leyendo solamente frente a una cifra o frente a una historia dolorosa. Tiene que transmitir que pedir ayuda es posible, que una crisis puede atravesarse y que existen alternativas.
Los medios tienen una enorme capacidad para instalar conversaciones sociales. Esa capacidad puede utilizarse para generar miedo y morbo, pero también puede utilizarse para disminuir el estigma y acercar a las personas a la ayuda.
—¿Dónde puede pedir ayuda una persona que atraviesa una crisis?
—En Argentina existe la Línea Nacional de Orientación y Apoyo en la Urgencia de Salud Mental: 0800-999-0091, que es gratuita y funciona las 24 horas, todos los días del año y desde todo el país. Puede comunicarse tanto una persona que atraviesa una crisis como un familiar, allegado o referente preocupado por alguien.
Si existe un peligro inmediato o una emergencia, hay que comunicarse con los servicios de emergencia correspondientes, como el 911, o concurrir a la guardia de un hospital.
Pero también es importante no esperar a llegar a una situación de urgencia para pedir ayuda. Un psicólogo, un psiquiatra, un médico, un centro de salud, una institución educativa o un referente comunitario pueden ser puertas de entrada para comenzar a construir una red de acompañamiento.
Pedir ayuda no es una señal de debilidad. Es una forma de cuidado.
Y como sociedad tenemos que poder cambiar la pregunta. No solamente preguntarnos cómo evitar que alguien muera, sino también qué podemos hacer para que una persona que está sufriendo pueda volver a encontrar vínculos, proyectos, acompañamiento y razones para imaginar un futuro.
La prevención del suicidio no empieza únicamente cuando aparece una crisis. Empieza mucho antes: cuando construimos una sociedad en la que pedir ayuda sea posible, accesible y no genere vergüenza.

