Agradecer... que no es poco
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Frente al ritmo acelerado de la rutina diaria, una pausa necesaria para reconocer el valor de los afectos y aprender a valorar los momentos difíciles.
Uno se acostumbra a la inercia. Es un vicio humano bastante comprensible, si lo piensa un poco. Uno se levanta, reniega porque el colectivo no llega o porque la pava se quedó sin agua, abre la computadora, corre tras una urgencia que dentro de dos meses no le va a importar a nadie y sigue.
La vida moderna tiene esa manía de meternos en una calesita a cuatro mil revoluciones por minuto. Y en ese remolino, entre el vencimiento de la tarjeta y el tráfico de la avenida, nos vamos olvidando de lo elemental. Nos olvidamos de algo tan increíblemente simple y tan enorme como agradecer.
Nos cuesta. Será porque asociamos el agradecimiento a una formalidad de compromiso, a ese "gracias" automático que le tirás al del peaje sin mirarlo a los ojos. Pero yo hablo de otra cosa. Hablo de parar la pelota un segundo. De levantar la cabeza, mirar la cancha y darse cuenta de que estamos jugando.
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Hay que agradecerle a Dios por cada regalo que nos envía, por supuesto. Eso es lo más fácil, aunque tampoco nos sale tan fluido. La mesa servida, las oportunidades que aparecen, el abrazo que llega justo cuando el frío apretaba, la carcajada de un hijo que te desarma en medio de la cocina, la lealtad incondicional de los viejos, la presencia de la familia y de esos amigos que son la patria de uno.
Esas cosas no son gratis ni son obvias. Son bendiciones cotidianas que damos por sentadas simplemente porque están ahí. Pero la verdadera prueba de madurez, el verdadero acto de coraje, es aprender a agradecerle a Dios también por cada prueba y por cada puerta que se nos cierra. Suena raro, ya sé. Nadie quiere la piña. Nadie pide la derrota, ni el dolor, ni el portazo en la cara.
Pero hay que dar las gracias por esos momentos. Porque es justamente ahí, en el golpe contra la madera dura, donde se nos forja el carácter. Nos da rabia al principio, claro, pero cuando el humo baja y el barro se seca, uno mira para atrás y entiende: esa puerta que se cerró nos obligó a buscar otro camino, nos hizo más fuertes, nos enseñó a templar el cuero.
Agradecer la cicatriz porque ahí adentro hay una lección. Agradecer el tropiezo porque enseñó a pisar más firme. Agradecer la pérdida porque enseñó a valorar lo que queda. Al final, somos más la suma de nuestras tempestades superadas que de nuestras tardes de sol. Agradecer no es un acto de resignación; es una postura ante la existencia.
Es mirar el partido completo, con sus goles en contra y sus triunfos sobre la hora. Por eso, en este ritmo frenético que nos empuja a querer siempre lo que nos falta, el acto más revolucionario que nos queda es mirar lo que tenemos. Guardar un segundo de silencio, apretar el pulso y dar las gracias.
Por lo que fue, por lo que dolió, por cada prueba que nos construyó por dentro, y por los que caminan al lado. Porque mientras estemos acá, mientras el pecho siga latiendo y haya alguien a quien abrazar al final del día, la vida nos sigue debiendo nada... y nosotros, en cambio, se lo debemos absolutamente todo.

