América concentra el 88 % de las ciudades más violentas del planeta
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Un reporte de InSight Crime expone la dramática concentración del crimen en la región. La marcada desigualdad y el avance del narcotráfico consolidan a varias urbes latinoamericanas como los principales focos de violencia letal en el mundo.
Como ha señalado el sociólogo noruego Johan Galtung, la violencia no se reparte de forma aleatoria, sino que se concentra allí donde las estructuras de inequidad, la debilidad institucional y la ruptura del tejido social se retroalimentan. En el mundo actual, esa concentración adquiere una intensidad particularmente dramática en determinadas regiones y, sobre todo, en un número reducido de ciudades.
Según los datos de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), la tasa mundial de homicidios intencionales se sitúa en torno a 5,2 por cada 100.000 habitantes.
El promedio, sin embargo, oculta contrastes extremos. América Latina y el Caribe, según un reporte de InSight Crime sobre 2025, registran una tasa de homicidios de 17,6 cada 100.000 habitantes -más del triple del promedio global-, mientras que África subsahariana también presenta niveles elevados.
Europa occidental, Asia oriental y Oceanía se mantienen, en cambio, alrededor de 2 cada 100.000. La violencia letal no es, por tanto, un fenómeno homogéneo. Es, en gran medida, un problema de algunas regiones y, dentro de ellas, de un puñado de ciudades.
El ranking de las 50 ciudades más violentas del mundo en 2025, elaborado por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal de México, resulta elocuente. Puerto Príncipe, Haití, encabeza la lista con una tasa de 197,43 homicidios por cada 100.000 habitantes.
Le siguen Babahoyo, Ecuador, con 166,02; Nelson Mandela Bay, Sudáfrica, con 119,81; Machala, Ecuador, con 116,65; Quevedo, también Ecuador, con 109,01; Culiacán, México, con 103,91. Les siguen Manabí Centro, Guayaquil y Esmeraldas, todas localidades ecuatorianas, y Ciudad Obregón, en México, que promedia 90,81.
El listado completo incluye diecisiete ciudades mexicanas, ocho colombianas, siete ecuatorianas, seis brasileñas y seis sudafricanas, además de tres estadounidenses muy conocidas (Nueva Orleans, Cleveland y Memphis), una de Guatemala, una de Trinidad y Tobago y la ya nombrada capital haitiana.
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De las 50 ciudades con las tasas más altas de homicidios, 44 se ubican en América, la gran mayoría en América Latina y el Caribe. Esta sobrerrepresentación no es casual y obedece, entre otras causas, a la convergencia de economías ilícitas (especialmente el tráfico de drogas y el control de rutas), y a la fragmentación de organizaciones criminales que disputan territorio.
También a la alta disponibilidad de armas de fuego, a niveles persistentes de desigualdad socioeconómica y, en no pocos casos, instituciones de justicia y seguridad con limitada capacidad de respuesta o capturadas por intereses criminales. Como ha documentado InSight Crime, las disputas territoriales y la atomización de las cadenas de narcotráfico explican gran parte de la violencia letal en la región.
En América Latina y el Caribe, el perfil de las personas que más mueren por homicidio corresponde de manera abrumadora a hombres jóvenes de entre 15 y 29 años. Según UNODC, la alta prevalencia de hombres jóvenes en estas estadísticas está directamente vinculada con la demografía de las bandas delictivas y el crimen organizado.
Los jóvenes de este grupo demográfico suelen ser tanto los principales reclutados para las primeras líneas de operaciones de estas organizaciones criminales como sus principales víctimas en disputas territoriales.
Buenos Aires entre las excepciones
Ninguna ciudad argentina figura en ese ranking de las 50 más violentas del planeta. La Ciudad de Buenos Aires registró en 2025 una tasa de 2,5 homicidios por cada 100.000 habitantes, según el Mapa del Delito de CABA. Esta cifra -la más baja desde 1995- la sitúa como la segunda capital más segura de América, solo superada por Ottawa, Canadá.
El contraste es significativo: mientras Puerto Príncipe o las urbes ecuatorianas y mexicanas del ranking viven episodios de violencia de alta intensidad casi cotidianos, Buenos Aires mantiene niveles comparables a los de muchas ciudades europeas de tamaño medio.
Las estadísticas cumplen una función limitada pero indispensable. Sirven para diseñar políticas públicas, identificar focos de riesgo, asignar recursos y medir el impacto de las intervenciones. No sirven de consuelo a quien pierde a un ser querido.
Detrás de cada tasa hay biografías interrumpidas, familias destrozadas y comunidades que conviven con el miedo. Como ha argumentado el criminólogo australiano John Braithwaite, la prevención y las estrategias de contención suelen ser más eficaces y legítimas que la mera represión frente a la violencia estructural y organizada.
La relación entre inequidad, ruptura del tejido social y violencia no es mecánica. Allí donde la exclusión se combina con la impunidad y la ausencia de horizontes de inclusión, la violencia encuentra terreno fértil.
Invertir en cohesión social, en instituciones creíbles, en oportunidades reales y en inteligencia estratégica de largo plazo, es la única vía para reducir las tasas que hoy convierten a tantas ciudades de América Latina y el Caribe en epicentros de la violencia letal global.
La verdadera medida de una sociedad no está en cuántos homicidios registra, sino en cuántas personas logra rescatar antes de que la violencia las reclame.
El autor es analista internacional especializado en Seguridad y Defensa en Estados Unidos. A su vez, es director del Posgrado en Seguridad en la UCC y docente de Ciencia Política en la Universidad Siglo 21.
