Crónica política
De Adorni a Mate Cosido; de Truman a Trump
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El actual jefe de Gabinete, con su audacia y torpeza, parece más un eco de un gobierno que no lo necesita visible. En un contexto normal, su anonimato sería su mejor aliado.
I
Manuel Adorni parece ser el jefe de un gabinete que nunca dirigió; el vocero de un gobierno del que no puede hablar porque se ha quedado sin voz. Su condición ideal sería la de invisible. Por lo menos es lo que más le convendría al gobierno. Un Adorni que no habla y que nadie ve.
Si fuera posible definirlo de alguna manera, deberíamos decir que es "apenas" un vocero, "apenas" un ministro y seguramente extraña los tiempos en que fue "apenas" un periodista.
El "apenas" en este caso es un elogio, un reconocimiento, porque, a decir verdad, en un gobierno normal, Adorni hace rato que se hubiera extraviado en el más absoluto anonimato. Admitamos por lo pronto que audacia no le ha faltado, aunque le sobró torpeza.
La leyenda dice que el célebre bandido rural Segundo David Peralta (alias Mate Cosido) le recomendaba a los miembros de su banda, a la hora de repartir el botín, que fueran prudentes y no exhibieran riquezas que no puedan justificar; que no derrocharan recursos porque por ese camino mucho más temprano que tarde todos terminarían entre rejas. Una pena que Adorni no haya conocido los consejos de Mate Cosido.
II
Comparado con el saqueo perpetrado desde el poder por el kirchnerismo, los episodios de corrupción en los que están comprometidos los hermanitos Milei y algunos de sus colaboradores, son expresiones mínimas, algo así como comparar a Al Capone con un ladrón de gallinas o un punga. La perspectiva del panorama de todos modos sería más amplia y equilibrada si tenemos presente que Néstor y Cristina Kirchner hicieron posible su raid delictivo en casi veinte años.
Es decir, se tomaron su tiempo, mientras que el gobierno de los hermanitos Milei solo ha cumplido dos años en el poder y, para ser justo en la evaluación, habría que decir que más allá de excesos retóricos los muchachos están aprendiendo y están aprendiendo bien, a punto de que más de un dirigente peronista ha aprendido a respetarlos, incluso con un tímido dejo de admiración.
A favor del actual gobierno habría que decir que no la tiene fácil, que es verdad que no todos los días se consigue un Lázaro Báez o un Julio de Vido o un Ricardo Jaime, pero admitamos que algunos pichones oficialistas no solo están aprendiendo los gajes del oficio, sino que hay motivos para sospechar que además de emularlos están dispuestos a superarlos.
III
Se cuenta que cuando el sacerdote y político francés Charles Maurice de Talleyrand-Périgord asumió el ministerio, una cortesana le preguntó en voz baja cuál era su principal objetivo en su nueva función. La respuesta fue inmediata y estuvo acompañada de una sonrisa displicente y burlona, propia de un caballero educado en los primores del "ancien régime": "Defender Francia y enriquecerme".

Charles Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838). Político, aristócrata y funcionario francés de renombre. Los corruptos de turno hoy en día, sobre todo en Argentina, parece que solo aprendieron una parte de su histórica consigna.
Y vaya si lo hizo. Defendió a Francia como nadie y mejor que nadie, incluso en contra de benefactores que en su momento perdieron el rumbo. Y, por supuesto, nunca dejó de enriquecerse. A lo largo de la historia muchos funcionarios han intentado emularlo. En la mayoría de los casos lograron enriquecerse, pero a costa de traicionar a su nación.
Desde las primeras llamaradas de la revolución francesa, pasando por Napoleón Bonaparte, la Santa Alianza y los Orléans, Talleyrand siempre cumplió con su doble mandato: enriquecerse y defender a Francia. Y ambos objetivos los cumplió con suma distinción y eficacia.
No sé si nuestros "próceres" actuales conocen al príncipe de Périgord, es decir a Talleyrand, pero está visto que si alguna referencia tienen de él es parcial; un Talleyrand partido por la mitad, un Talleyrand del que admiran su capacidad para enriquecerse pero ignoran sus condiciones de estadista.
IV
Cuando el presidente norteamericano Harry Truman tomó la terrible decisión de arrojar las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki no avisó, no anduvo fanfarroneando en conferencias de prensa y mucho menos realizando proclamas de guapo. El operativo fue secreto y atrozmente eficaz.
Atendiendo esta experiencia histórica, todos deberíamos haber admitido que cuando Donald Trump ladró acerca de la desaparición de Irán como civilización solo estaba ladrando como el perro de la RCA Víctor. Ni bomba atómica, ni invasión terrestre, ni corte de electricidad y agua.
El ladrido tenía como destinatario a China y a su satélite en la región: Pakistán. Por eso, a la hora del balance no se sabe con certeza si Trump ganó o si ganaron los ayatolas, lo seguro es que los valores humanistas de la civilización fueron derrotados en toda la línea.
Arrojar drones, misiles, bombas, se está convirtiendo en un juego demasiado fácil, en un hábito al que se cede con demasiada frecuencia. Puede que ahora haya una tregua, pero me atrevería a decir que la tentación de seguir jugando con fuego se mantiene intacta.
V
El presidente estadounidense amenazó con extinguir a una civilización, la civilización persa. No sé si Adolfo Hitler se animó a tanto. Claro, no pasó nada porque ya hemos aprendido a descreer de las desmesuras verbales de Trump, pero admitamos para nuestro fuero interior que no es nada tranquilizador que el mandatario de la primera potencia del mundo se dedique a comportarse con la ética de un barra brava.
Sin exagerar, podríamos decir que durante 48 horas todos estuvimos con el Jesús en la boca. Trump es un charlatán, pero con estos locos uno nunca está seguro del todo.
Se dice que Irán se preparó para lo peor y que un leve, un levísimo estremecimiento de miedo recorrió las fibras íntimas de los ayatolas más duros; porque si bien todos ellos hablan de la dulzura del martirio, a la hora de la verdad prefieren vivir a estar muertos.
Y convengamos que no es moco de pavo que una potencia mundial amenace con extinguirse como pueblo, como nación, como historia. A esos ayatolas, a esos fanáticos de la muerte de los otros que ahora vieron de cerca el espectro de su propia muerte, les recuerdo, como al pasar, que desde hace ochenta años Israel es sacudido diariamente con la amenaza de un Holocausto II.
"Judíos al mar", es la alegre consigna. ¿No será hora de pensar de que es posible intentar vivir de otra manera? ¿Que la guerra es siempre un fracaso, un fracaso que destruye a uno y corrompe al otro? Jean Lartéguy, Ernst Jünger, Curzio Malaparte, entre tantos, han escrito odas bizarras a la guerra.
No fueron los primeros y no serán los últimos, porque la guerra es una pasión malsana que nos acompaña como una tentación, un castigo, una maldición y una sórdida promesa de éxtasis.
Puede que las guerras hayan sido pretextos inspiradores para fragmentos de buena literatura, pero lo seguro es que las guerras podrán ser justas o injustas, redentoras o trágicas, pero su tinta es la sangre y su lenguaje es la muerte. ¿Y no habrá llegado acaso la hora de hacerse cargo de lo obvio, es decir, que junto con la peste y el hambre, las guerras han sido y son los flagelos de la humanidad?

