24 de marzo de 1976
El golpe civil militar que terminó en la Guerra de Malvinas
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El alzamiento, impulsado tanto por sectores civiles como militares, expuso la improvisación estratégica y el costo internacional de una dictadura que culminó en la fallida guerra por la recuperación de las islas.
Por Iván Ambroggio (*)
Cada 24 de marzo es un buen ejercicio reflexionar sobre el golpe civil militar de 1976 no como un hecho interno aislado, sino como un punto de inflexión que fracturó la inserción global de Argentina y culminó en la desastrosa aventura de Malvinas.
Aquel 24 de marzo, una alianza entre sectores civiles -empresarios, medios, parte de la Iglesia y élites económicas- y las Fuerzas Armadas derrocó a Isabel Perón e inauguró el denominado "Proceso de Reorganización Nacional".
No fue un golpe puramente militar: técnicamente fue civil militar, con respaldo activo de grupos que veían en la dictadura la solución al "caos" y a la "subversión". El resultado internacional fue devastador: aislamiento diplomático, suspensión de créditos, condena en foros multilaterales y, finalmente, la guerra de Malvinas, que expuso la improvisación estratégica de un régimen ilegítimo.
La serie de golpes civiles militares argentinos (1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976) revela un patrón recurrente: civiles influyentes abren la puerta a los uniformados para proteger intereses sectoriales. En 1976, la crisis económica, el terror de las organizaciones armadas y el vacío de liderazgo civil facilitaron la usurpación.
Lo que vino después fue un terrorismo de Estado sistemático -con personas torturadas y desaparecidos- que erosionó la credibilidad internacional de Argentina. Pero el legado más visible en política exterior fue Malvinas. La invasión del 2 de abril de 1982 fue uno de los dolorosos legados que nos dejó la última dictadura.
Como se observa en el Informe Rattenbach, la decisión del general Leopoldo Fortunato Galtieri y la Junta fue improvisada e irracional, una maniobra para ganar legitimidad interna, sin calcular la relación de capacidades militares, y sin contemplar el contexto (Argentina tenía un conflicto abierto con Chile en el mismo momento).
Margaret Thatcher, por su parte, cambió sangre por votos cuando dio la orden de hundir el Crucero General Belgrano fuera de la zona de exclusión para revertir su baja popularidad. Desde una perspectiva global, Malvinas demostró cómo un régimen de facto convirtió una causa justa -la soberanía argentina sobre Malvinas- en un instrumento de supervivencia interna.
La derrota militar aceleró la transición democrática que se oficializó en 1983, pero dejó heridas abiertas: aislamiento hemisférico, desconfianza regional y un reclamo que sucesivos gobiernos debieron reconstruir con diplomacia.
Raúl Alfonsín apeló al paradigma idealista en política exterior; Carlos Menem negoció bajo el "paraguas de soberanía"; los Kirchner y Alberto Fernández mantuvieron un tono confrontativo; Mauricio Macri ni mencionó la Cuestión Malvinas en su discurso de asunción.
Javier Milei elogia a Thatcher y trata de agradarles a los isleños, rompiendo la tradición diplomática argentina que sostiene que los kelpers no son un tercer actor en el conflicto de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido.
Cincuenta años después del golpe, la lección es clara: los golpes civiles militares no solo destruyen vidas internas; distorsionan la política exterior, convierten causas justas en aventuras suicidas y generan aislamiento estratégico.
Argentina pagó un alto costo: 649 muertos, Veteranos de Guerra que luego de la guerra tuvieron que luchar contra el olvido, y algunos exsoldados combatientes que al regresar decidieron apagar sus vidas por las secuelas de la guerra.
Hoy, con tensiones globales (Ucrania, Medio Oriente, disputa por recursos antárticos), resulta imperioso recordar que la democracia es condición sine qua non de credibilidad internacional. Las Fuerzas Armadas, subordinadas al poder civil desde 1983, han evolucionado; el mea culpa institucional lo demuestra.
Pero la sociedad civil -la misma que alguna vez aplaudió o toleró los golpes- debe vigilar que nunca más sectores influyentes faciliten autoritarismos. En el Cementerio de Darwin en la Isla Soledad, descansan los caídos argentinos. No cabe duda de que siguen allí, cuidando la soberanía argentina en la perla austral de Argentina.
Honrarlos exige rechazar cualquier banalización de la dictadura o uso electoral de la soberanía. La lección de Malvinas es contundente: las causas justas se defienden con legitimidad democrática, diplomacia y paciencia estratégica, nunca con sangre innecesaria ni gobiernos que llegan al poder por las botas en vez de votos.
Este 24 de marzo en Argentina habrá marchas por la memoria, la verdad y la justicia. Es menester que todos entendamos que la democracia no es un punto de llegada; es el único pasaporte creíble para vivir respetando las discrepancias y para recuperar Malvinas por la vía que corresponde: el derecho internacional y la diplomacia. Solo así, podremos decir que hemos aprendido de nuestro pasado.
(*) El autor es analista internacional, especialista en Defensa, docente de Ciencia Política. Es autor del libro "Malvinas".

