A raíz de su retiro del Museo Histórico Nacional
El sable de la eterna discordia
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La histórica espada del Libertador, eje de disputas políticas y culturales, vuelve a ser objeto de debate tras su traslado al Regimiento de Granaderos.
Por Alejandro Damianovich
"El general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas, y sólo desenvainará la espada contra los enemigos de la independencia de Sud América". La frase es del mismo Libertador, y fue escrita desde Valparaíso en julio de 1820, en plena ebullición de las guerras civiles rioplatenses, en momentos en que se encontraba preparando su expedición al Perú.
Con ella ratificaba su conducta previa, cuando desobedeciendo las órdenes del Directorio, o dando largas al asunto, había priorizado su objetivo independentista al pedido de socorro desesperado de un régimen centralista y monárquico que se desmoronaba.
El sable no derramó la sangre de sus compatriotas, pero se constituyó en prenda de disputa y divisiones que llegan hasta hoy, como ha quedado evidenciado por las diversas reacciones que genera el decreto presidencial que dispone su traslado al cuartel de Granaderos, despojando de esta forma al Museo Histórico Nacional de su principal tesoro.
Fue la hija de Juan Manuel de Rosas, Manuelita, quien dispuso con su esposo la donación del sable a este establecimiento en 1897, a instancias de su primer director, el historiador Adolfo Carranza.
Si el sable se encuentra hoy en la Argentina se debe a las gestiones que desde el Museo Histórico Nacional se hicieron en aquellos días finales del siglo XIX, cuando el Regimiento de Granaderos no existía, ya que había sido disuelto en 1826 por disposición de Bernardino Rivadavia, poco después de que sus últimos integrantes llegaran como espectros a Buenos Aires tras haber combatido en toda la campaña por la independencia americana.
El Libertador adjudicó a "Rivadavia y sus satélites" el crimen cometido con el fusilamiento del gobernador federal Manuel Dorrego en diciembre de 1828, justo cuando llegaba de Europa con la idea de participar de la guerra con Brasil.
Fue en esas circunstancias que vaticinó la llegada de Rosas al poder, por lo que no es de extrañar que le expresara su reconocimiento en su testamento de 1844, en el que elogiaba la defensa de la soberanía nacional que había practicado frente a las potencias europeas.
Los reparos porteños frente al sable
Por mucha admiración que despertara en la elite porteña la figura de San Martín, cuyos restos fueron repatriados en 1880 durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, hubo dos cosas que nunca le perdonaron: su desobediencia de 1820 y el legado de su sable a Juan Manuel de Rosas.
Así se entiende que Bartolomé Mitre, después de haber dedicado centenares de páginas a resaltar su genio militar y su dimensión americana en su magnífica biografía, señalara casi sobre el final, que el legado de su sable a Rosas debió obedecer a "un estrecho criterio que estaba en su naturaleza y en sus antecedentes históricos". Y remataba: "es desgracia de los grandes hombres sobrevivir a su época".
El legado de su espada hecho por San Martín en su testamento, enlazó de manera indisoluble su nombre con el de Rosas, y el lazo era, precisamente, el sable corvo.
Fue por eso que cuando el 28 de febrero de 1897 llegó el cofre que lo contenía al puerto de Buenos Aires, para que ingresara al patrimonio del Museo Histórico, previo paso por las manos del presidente José Evaristo Uriburu, el acto de recepción -que se esperaba fuera multitudinario y jerarquizado por la presencia de las máximas autoridades-, fue deslucido y pequeño, por falta de una mayor voluntad oficial en su organización.
Los altos mandos de las fuerzas armadas no participaron y se notó la ausencia del propio Mitre. La prensa destacó esto al día siguiente y El Tiempo, de Carlos Vega Belgrano, llegó a decir que el acto había sido "una porquería" en una nota que tituló "Patriotismo chiquito".
El sable ingresa al Museo Histórico
Al fallecer Juan Manuel de Rosas en 1877, el sable de San Martín fue colocado sobre su féretro durante sus funerales y pasó luego al poder de su consuegro Juan Nepomuceno Terrero y luego al de su yerno Máximo Terrero (esposo de Manuelita Rosas). Ante la solicitud del director del Museo Histórico para que el sable le fuera donado, el matrimonio y sus hijos resolvieron aceptar.
En realidad la donación estaba dirigida a la Nación Argentina, como expresara Terrero en carta que enviara al presidente Uriburu del 1 de febrero de 1897, en la que le manifestaba también el deseo de que fuera depositado en el Museo Histórico Nacional.
El sable llegó al país el 28 de febrero cuando ingresó al puerto de La Plata. Allí lo esperaba Juan Ortiz de Rosas para recibirlo conforme a lo acordado con sus parientes de Londres.
A bordo de la corbeta "La Argentina" llegó la comitiva a Buenos Aires, donde hubo algunas ceremonias, hasta que quedó depositado en el Museo Histórico Nacional. Junto al sable debía exhibirse (tal era la voluntad de Manuelita) el artículo testamentario en el que San Martín lo legaba a Juan Manuel de Rosas.
Su traslado al nuevo Regimiento de Granaderos
Disuelto por Rivadavia en 1826 el Regimiento de Granaderos, el presidente Julio Roca creyó conveniente formar un cuerpo de caballería con el mismo nombre (1903) que fuera la escolta presidencial y evocara a la antigua unidad creada por el Triunvirato en 1812 y a cuyo mando fue designado entonces el coronel San Martín quien lo puso en aptitud de combatir.
Así surgió el actual Regimiento de Granaderos, en cuya sede se depositó el testamento de San Martín en 1960, recién traído de Francia.
Por orden del presidente de facto Juan Carlos Onganía el sable fue depositado en el Regimiento en 1967, luego de que grupos pertenecientes a la Juventud Peronista lo secuestraran en dos oportunidades, 1963 y 1965. La grieta separaba por entonces a peronistas y antiperonistas (estaba proscripto el Partido Justicialista) y el sable seguía siendo una fuente de discordia.
El presidente José María Guido había dispuesto su custodia transitoria en el Regimiento de Granaderos después del primer robo, pero la Justicia ordenó su devolución al Museo en 1964.
Cuando Onganía tomó la resolución contraria, en clara disconformidad con lo actuado renunció el director del Museo, el historiador militar Humberto Buzio, un episodio significativo tratándose de un Capitán de Navío. El sable permaneció en el Regimiento hasta 2015, cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner lo restituyó al Museo luego de treintaidós años de democracia y Estado de derecho.
Hoy el gobierno dispone su tercer traslado al Regimiento de Granaderos, unidad militar que nunca dejó de ser responsable de su custodia, aún en el ámbito del Museo.
No parece que la decisión tenga fundamentos históricos ni que se inspire en sentimientos de admiración al Libertador, cuando el mismo gobierno dispuso la disolución del Instituto Nacional Sanmartiniano y su transformación en museo, en el marco de un desmantelamiento general de los Institutos Nacionales de este tipo.
La decisión del gobierno en relación al sable histórico ya produjo, como ocurrió en 1967, el apartamiento de los dos últimos directores del Museo, los historiadores Gabriel Di Meglio y María Inés Rodríguez Aguilar, y ha dado lugar a un debate nacional, en el que se enfrentan las principales tendencias políticas del momento en el contexto de la denominada "batalla cultural" que alienta el presidente.
Las redes sociales son testimonio de la virulencia de un debate en el que pocos escuchan y muchos toman partido según su militancia política. El sable corvo sigue siendo una especie de talismán o trofeo, siempre en disputa y manipulación, en la interminable discordia entre los argentinos.

