¿Protección o desesperación?
El veto de la impotencia frente al laberinto de las redes sociales
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El debate europeo sobre la prohibición de las redes sociales a menores de 16 años ha dejado de ser una cuestión de protección para convertirse en una de claudicación. ¿Nos damos por vencidos?
Por Ileana Hotschewer
Al observar los movimientos legislativos en España y otros países, queda una sensación amarga: el Estado y la sociedad adulta, ante la imposibilidad de domar los algoritmos y la dificultad de gestionar la vida digital en casa, han optado por el botón de pánico. Prohibir no es una solución estratégica; es la respuesta de quien se ha quedado sin ideas frente a un ecosistema que lo desbordó.
Es fundamental recordar que las redes sociales nunca fueron diseñadas para la infancia. Nacieron como espacios para adultos, con modelos de negocio basados en la monetización de la atención. Sin embargo, durante años, las plataformas permitieron una migración masiva de menores sin adaptar su arquitectura de seguridad.
Ahora, tras décadas de dejar que la tecnología "eduque" a nuestros hijos por defecto, la solución mágica del poder político es un veto que llega tarde y que ignora que el problema no es el acceso, sino la ausencia de una guía o en su defecto, la decisión con fundamentos de la familia de impedir que quien no debe no acceda.
Pero no hablamos de prohibir, bien sabemos que, hecha la ley, hecha la trampa, explicar por qué no es bueno que nuestros menores tengan perfiles y queden desprotegidos frente a la posibilidad de ser manipulados.
Anteriormente, existía una forma de control de daños más tangible: si un contenido era dañino, se bloqueaba. Las redes trabajaban activamente en la observación de las publicaciones. Hoy, la perversión del sistema reside en que el contenido peligroso a menudo se viraliza porque genera interacción.
El caso de Grok (*) representa el ejemplo más reciente y alarmante de esta falta de control de daños por parte de las plataformas.
Imagen ilustrativa. Crédito: Reuters/Dado Ruvic
A diferencia de otros modelos de inteligencia artificial (IA) que han implementado salvaguardas éticas estrictas, la herramienta IA de X ha sido objeto de múltiples denuncias por generar contenido sexualizado explícito y deepfakes de figuras públicas y menores sin apenas restricciones.
Esta política de "libertad absoluta" no solo ignora los estándares básicos de seguridad digital, sino que demuestra que, mientras el Estado se distrae debatiendo prohibiciones de acceso por edad, las empresas tecnológicas continúan lanzando productos que carecen de una ética de diseño mínima, exponiendo a los usuarios a formas de violencia simbólica y desinformación visual que son imposibles de mitigar una vez que se vuelven virales.
Frente a esta dejadez empresarial, la respuesta debería ser una regulación feroz sobre el diseño de los algoritmos. En cambio, se prefiere el camino corto: prohibir al eslabón más débil, desplazando la responsabilidad de la empresa y del Estado hacia una veda que solo fomenta la clandestinidad.
Prohibir no conduce a nada porque ignora que los jóvenes encontrarán siempre la forma de saltar los muros digitales. Si el Estado veta el acceso, la consecuencia inmediata no será la desconexión, sino que los adolescentes navegarán a espaldas de sus padres.
Al hacerlo, rompemos el último puente de diálogo posible. Si no "estamos" presentes en su vida digital, perdemos la oportunidad de intervenir cuando el riesgo aparece. La verdadera tarea, mucho más ardua que firmar un decreto, es la de educar, estar y controlar para explicar, porque ser padres significa guiar, advertir peligros y acompañar.
Educar implica enseñar a distinguir un contenido certero de una noticia falseada; estar supone acompañar el descubrimiento de internet como quien acompaña a un hijo a cruzar una avenida transitada; y controlar significa establecer límites claros, no desde la censura ciega, sino desde la protección consciente. La prohibición es, en esencia, una renuncia a estas tres funciones vitales.
Jonathan Haidt señala que hemos cometido el error de sobreproteger a los niños en el mundo físico mientras los dejábamos totalmente desprotegidos en el virtual. Pero la solución no es un apagón digital por ley. Prohibir por decreto sin alfabetizar en la crítica es como prohibir los libros porque existen historias violentas: se ataca el soporte, pero se deja intacta la vulnerabilidad del lector frente al mensaje.
La "mala fama" que el poder proyecta hoy sobre las redes busca, en parte, ocultar un fracaso propio. Resulta más sencillo prohibir Instagram que financiar programas de alfabetización digital en cada escuela o exigir transparencia a las empresas. El veto es un gesto que busca el aplauso de padres agotados, pero no resuelve la fragmentación social ni la desinformación que esos mismos jóvenes consumirán inevitablemente en cuanto cumplan la edad permitida o cuando encuentren como ingresar igual.
Además, el riesgo de la prohibición es el vacío de aprendizaje. La adolescencia es la etapa de experimentación por excelencia. Si privamos a los jóvenes de aprender a navegar los sesgos cognitivos bajo supervisión, los lanzaremos a la adultez digital con una "inmunidad" nula. El mundo que los espera es digital; pretender que lleguen a él sin haber tocado una pantalla es una negligencia pedagógica disfrazada de cuidado.
Necesitamos que el periodismo de calidad y los contenidos certeros sean los que penetren las burbujas de filtro. Si retiramos a los menores del espacio digital, les estamos negando también el acceso a la información que podría salvarlos de la propia desinformación que pretendemos combatir.
La solución debe ser la presencia, no la ausencia; el criterio, no el bloqueo por sistema. En épocas donde la generación de contenidos nos apabulla, nuestra elección debe ser aún más primordial. Como el que elige comer sano y evita la comida "rápida", porque comiendo saludable nos sentimos mejor.
El veto es el síntoma de una sociedad que no sabe qué hacer con su propia tecnología y que, en su desesperación, prefiere apagar la luz a enseñar a ver en la oscuridad. El desafío no tiene atajos: implica regular el poder de las plataformas y, sobre todo, recuperar la paciencia para ser padres y docentes presentes en el mundo virtual.
Educar es más difícil que prohibir, pero es lo único que realmente protege.
(*) Grok es un chatbot de inteligencia artificial generativa desarrollado por xAI, basado en un modelo extenso de lenguaje y propuesto como una iniciativa de Elon Musk en respuesta al surgimiento de ChatGPT. Fue promocionado como "con sentido del humor" (sarcasmo) y con acceso directo a X, la plataforma anteriormente conocida como Twitter.

