Un viaje a Quito, la capital de Ecuador
En medio de Los Andes, en el medio del mundo
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Ubicada literalmente en el paralelo cero o en la línea ecuatorial que divide al mundo en los hemisferios norte y sur (el hito que lo señala es un paseo imperdible en sí mismo), sería injusto destacar a Quito solamente por esto. Es una ciudad muy bella, con muchísimo para ver, recorrer y aprender.
Quito se extiende en la ladera del volcán Pichincha, en medio de Los Andes, y a 2850 metros sobre el nivel del mar. De hecho, es una de las capitales situada a mayor altura. Y es, junto con Cracovia, la primera ciudad en ser declarada Patrimonio de la Humanidad, en 1978. Tiene un casco histórico perfectamente conservado, con valiosos templos (hay más de cincuenta, entre grandes iglesias, conventos, parroquias) y un encanto que obliga a detenerse a cada paso.
Y ello no es producto de la altura: algunas calles empinadas reclaman “oxígeno” y conviene tomarse las cosas tranquilo. No sentí al caminar cansancio o pesadez, pero sí, el primer día, un leve dolor de cabeza -o sensación al menos- que se disipó con el correr de las horas. En Cusco, por ejemplo, la pasé un poco peor, pero, hay que decirlo, está 500 metros “más arriba” que Quito. Para tipos de llanura absoluta, cada metro para arriba cuenta.

Fotos: Néstor Fenoglio
Otra cosa aparte es el clima. Te advierten que Quito tiene “todos los climas” en un solo día y es rigurosamente cierto. Con el sol exactamente sobre nuestras cabezas y luz plena desde bien temprano, por las mañanas y al mediodía suele hacer calor. Si ese sol es “de agua”, como dicen los locales, pues, habrá que convivir con el inevitable chaparrón, a veces una lluvia muy fina (pero que asegura, incluso a esos 3000 metros sobre el nivel del mar, que existe vegetación, siempre bien regada naturalmente), mientras que, por la noche, desciende la temperatura de manera bastante marcada. Así que es normal ver a la gente con una mochila, que tendrá seguramente un abrigo ligero, una gorra y un paraguas.
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Quito se fue extendiendo y hoy cuenta con alrededor de 2.700.000 habitantes, sumando su área metropolitana. Pese a ser la capital del país, sede del gobierno, Quito tiene menos población que Guayaquil, que ya pasa largamente los 3.500.000 y medio, y plantea otra escala y otros problemas.
Yo no he sentido en Quito sensación de inseguridad, aunque los lugareños se quejan de los robos, arrebatos y demás. Desde luego, como turista, incluso como turista díscolo a quien no le gusta que lo lleven de las narices por las “postales” y nada más, uno no anda a deshoras o en lugares que se saben complicados. “No des papaya”, dicen con sabiduría en Colombia: no te regales, prestá atención. Y eso cuenta para cualquier lugar del mundo. Por otra parte, es normal cruzarse con las comitivas tanto presidencial como del alcalde, y sus protocolos de seguridad. Y uno ve mucha fuerza policial, como en cualquier centro turístico.
También hay que decir que es muy difícil cenar en Quito después de las nueve de la noche: todo cierra. Se cena temprano. Puede que se cierre por seguridad, puede que sea porque la jornada solar fue larga, puede que la tradición cristiana todavía pesa y hay un temprano recogimiento en los hogares… Y puede que sea un poco de todo eso junto. En síntesis: a comer temprano y a llevarte para el hotel o el alojamiento lo que luego no conseguirás tan fácilmente –o sin peligro: no hay nadie en la calle- después de las 21.
Hablando de comida: es colorida, rica, variada, vibrante y económica. Como sucede con Perú, tiene un tipo de comida andina (variedad de papas y maíces, sancochos, locros y fritados –no, no comí cuis, disculpen ustedes-; café y chocolate de primera) y otro marítimo (con el encebollado, el ceviche o el encocado de camarones como estandartes, entre otros). Del plátano y del cilantro no se salva nadie (pero a mí me gustan).
Economía dolarizada
La economía de Ecuador está dolarizada hace un cuarto de siglo. Y si bien en esos primeros años, desde 2000 para acá, -dicen todos- la pasaron mal, hoy la economía funciona y a nadie se le ocurre volver a la moneda anterior, por más que en los billetes esté Washington y no Sucre.

Fotos: Néstor Fenoglio
Los precios relativos están bastante acomodados. Se ve un parque automotor más moderno que el nuestro (con muchas marcas chinas, eso sí).
Quito tiene un metro con un único ramal: poco más de 22 kilómetros, de norte a sur. Son quince estaciones y el recorrido total demanda alrededor de media hora. Es impecable y nuevo, inaugurado a fines de 2023. El costo del boleto es ¡45 centavos de dólar!, es decir, menos de la mitad de lo que cuesta un boleto de colectivo por estos lares.
Comparado con nuestro país, Ecuador hoy resulta más barato para los argentinos. En la calle, por ejemplo, se come muy bien por cinco dólares (y por menos, también). Y por los 10 dólares que uno paga acá por una hamburguesa, allá se come entrada (suele ser una sopa, consistente), un buen plato principal y una bebida. Si en nuestro país una salida normal y sin ostentación cuesta unos 30.000 pesos, pues, esos 20 dólares allá son dos buenas comidas; o cuatro, si uno no es pretencioso o está en plan gasolero.
Mucho para ver y recorrer
Les contaba que Quito tiene mucho para ver y recorrer. Están, como ya mencioné sus iglesias, que, reitero, merecen atención especial y paciencia para recorrerlas: son tesoros, la mayoría del siglo XVIII, perfectamente conservadas.
Hay dos paseos que no deberían soslayarse, porque permiten ver todo Quito y alrededores desde la altura; es decir, más altura. Uno es el de la Virgen del Panecillo, monumental escultura que tiene más de 7.000 placas de aluminio ensamblado (similares 30 metros de alto que el Cristo Redentor de Río de Janeiro, por brindar un dato comparativo, pero finalmente más grande, porque su base es mayor) que corona un cerro desde el que se ve el casco histórico y, detrás, los edificios de la ciudad nueva. Aquí “sólo” estamos a 3000 metros de altura.
Y el otro paseo, más desafiante, es el teleférico que trepa por la ladera del volcán Pichincha. Son poco menos de 20 minutos de subida para llegar al mirador a 4100 metros de altura (Cusco, en Perú, está a modestos 3.400 metros sobre el nivel del mar).
Mitad del Mundo
Hay que dedicarle al menos un día a Ciudad Mitad del Mundo, ubicada en la periferia de Quito y que marca la línea del Ecuador. Se ha construido una verdadera ciudad allí mismo, obviamente en torno a las oleadas constante de turistas, que se sacarán la consabida foto (lo hice, por supuesto), con “un pie en cada hemisferio”. Hasta el ascensor que sube al mirador tiene la raya amarilla en el piso que divide norte y sur.
Con rigor científico y algo de maldad, quizás, también, una delegación científica determinó que en realidad la línea del Ecuador pasa unos metros más al norte… pero acá ya está todo construido y funcionando y no es cuestión de andar corriéndolo todo sólo por una determinación científica. Relato mata dato.
Uno puede mirar y comprobar de un lado u otro, cómo gira en diferente sentido el agua que se va por la rejilla. Y también, se puede esperar pacientemente en fila para llegar hasta un señor (e intentar hacerlo uno mismo, también) que coloca un huevo sobre la punta de un clavo. El huevo no se cae, porque –dice, en este caso, la IA- “en la línea ecuatorial, la fuerza centrífuga de la rotación terrestre es máxima y la atracción gravitacional es ligeramente menor que en otras latitudes. Esto ayuda a que el huevo se "adhiera" más fácilmente y con mayor estabilidad al clavo”. No lo intenté, disculpen ustedes, nuevamente. En el próximo viaje, seguramente. Porque volveré.

