Hay que aprender a valorar
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Una mirada reflexiva sobre la importancia de apreciar los momentos cotidianos, el valor del camino recorrido y el aprendizaje detrás de cada tropiezo diario.
Hay algo en la manera en la que miramos la vida, que se parece bastante a cómo miramos un partido de fútbol cuando estamos nerviosos: vemos solo las jugadas de gol o los penales en contra. Nos obsesionamos con el resultado, con el tablero en la cancha, con el grito eufórico o con la amargura del final. Pero nos olvidamos del resto.
Nos olvidamos de los ochenta y nueve minutos en los que la pelota anduvo rodando por la mitad de la cancha sin que pasara nada extraordinario. Y de eso se trata, me parece a mí. De valorar. Valorar lo bueno es fácil, claro. A lo bueno cualquiera le abre la puerta y le sirve un café.
Lo difícil es sentarse a la mesa con lo malo y entender que ahí, en esa piedra que nos hizo tropezar, había una lección esperándonos. Y ni hablar de lo neutro. ¿Quién se detiene a agradecer los días en que no pasa nada? Esos días grises, tibios, sin pena ni gloria, donde las cosas simplemente suceden con la rutina terca de siempre.
Hay una magia silenciosa en la monotonía de los días, una calma invisible que solo apreciamos cuando el viento sopla fuerte y despeina todo. Nos pasamos la vida pidiendo certezas. Queremos saber qué va a pasar mañana, qué va a pasar el mes que viene, si la apuesta que hicimos va a salir bien. Le tenemos pánico a la incertidumbre, como si estar a la deriva fuera siempre una condena.
Pero la incertidumbre también es espacio abierto. La certeza te da tranquilidad, sí, pero la incertidumbre te regala la posibilidad de sorprenderte. Hay que aprender a valorar las dos: el mapa firme que te guía y la niebla que te obliga a prestar atención a cada paso. Porque en el fondo, si uno se pone a mirar con cierta perspectiva, lo único verdaderamente urgente es estar acá.
Valorar que estamos vivos. Parece una frase hecha, de esas que vienen impresas en un calendario de cocina, pero no deja de ser una verdad rotunda. Mientras haya pulso, cada mañana es un cheque en blanco. Una nueva oportunidad para juntar los pedazos que quedaron desparramados ayer, pedir disculpas si hace falta, reconstruirse y seguir creciendo.
Nadie está terminado del todo mientras siga respirando. Y ahí entra esa discusión eterna sobre el éxito y la derrota. Aceptamos las victorias con el pecho inflado, pero le huimos al fracaso como si fuera una mancha indeleble. Aunque... déjenme dudar de si los fracasos existen de verdad. ¿Existe el fracaso si uno aprendió algo en el camino? ¿Existe la derrota si dejaste todo en la cancha?
Capaz que lo que llamamos fracaso no es más que un desvío incómodo en una ruta larga. Por eso lo que hay que valorar, por encima de cualquier trofeo o tropezón, es el proceso. El barro en los tapones. El esfuerzo diario. La caminata, no solo la llegada. Al final del día, todo este entramado cobra sentido cuando miramos hacia los costados.
Cobra sentido... en la familia que nos abraza y nos sostiene incondicionalmente. En los amigos de siempre, los que no necesitan explicaciones porque nos conocen la mirada desde pibes. La vida está hecha de bienvenidas que nos alegran el alma, pero también de despedidas inevitables que nos dejan un agujero en el pecho.
Cuesta aceptarlas, pero son parte del juego. Porque sin la tristeza de la partida, jamás entenderíamos la belleza absoluta y el sabor único que tiene un reencuentro.
Tal vez valorar no sea más que eso: entender que la vida no es solo el momento en que la pelota cruza la red, sino todo lo que tuvimos que recorrer, sufrir, reír y compartir para estar parados ahí, con los ojos bien abiertos, viendo cómo se nos pasa el tiempo por enfrente.
El autor es Contador Público Nacional (UNL) y Especialista en Finanzas (UNR).
