La fe, Zazpe y el misterio
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El arzobispo Vicente Faustino Zazpe, figura clave en tiempos oscuros, dejó una huella indeleble. Su muerte en 1984 impactó al autor, que reflexiona sobre fe y misterio.
Por Rogelio Alaniz
I
Mis amigos curas siempre supieron que no era creyente, pero tuvieron la delicadeza de aceptarme. La delicadeza no excluía discusiones. Nos encantaba discutir. Y si era con un café o un vaso de vino de por medio, mucho mejor. No soy creyente, insisto, pero aprendí mucho con ellos. Y aprendí a respetar la sensibilidad, la fe y la sabiduría religiosa.
Siempre hubo un punto en el que nos encontrábamos: la aceptación del misterio. Para ellos ese misterio implicaba una presencia; para mí una ausencia, pero una ausencia vacilante. Lo "sagrado" era un punto de conflicto porque yo admitía la existencia de lo sagrado, con sus mitos y sus relatos; con sus ritos y su símbolos.
II
Yo no era creyente, pero me resistía a aceptar lo real sin prestar atención a sus penumbras, a sus contornos, a sus tonos, incluso a su relación vacilante entre la vigilia y el sueño. En definitiva, la presencia del misterio concebido no como una entelequia extraviada entre las nubes sino como una singular revelación de lo real.
Sin ir más lejos, la escritura de estos apuntes intentan indagar una experiencia de vida que se resiste a ser solo memoria o recuerdo profano. Dudas, vacilaciones, pero al mismo tiempo sorprenderme ante la fugaz e inasible presencia del misterio vibrando en los repliegues de lo cotidiano.
III
Enero de 1984. Estoy pasando mis vacaciones en las sierras de Córdoba cuando escucho por la radio que el arzobispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe, ha muerto. La noticia llegó a la siesta. Demás está decir que su muerte me arruinó el día. Es sorprendente cómo uno ante situaciones de este tipo cae en los lugares más comunes. "Pero si yo lo saludé y estuve conversando con él el mes pasado".
Fue lo primero que comenté, como si el hecho de haber estado con él impidiera que un mes después se muriera. En efecto, si la memoria no me falla en los detalles, creo que fue para la primera semana de diciembre de 1983 cuando el flamante gobierno de Raúl Alfonsín designó al doctor Benjamín Stubrin rector normalizador de la Universidad Nacional del Litoral.
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IV
Zazpe estuvo allí. Me acerqué a saludarlo y me recibió con su proverbial cortesía. Lo vi bien. A él siempre se lo veía bien: afectivo, íntegro, gentil. Tengo presente la imagen en el hall del paraninfo de la universidad. Mucha gente y mucha alegría.
Salíamos de una dictadura militar con las satisfacciones del caso, pero también con las previsibles incertezas y temores. No era para menos. Durante medio siglo los militares iban y venían, pero siempre eran ellos los que terminaban decidiendo quiénes debían gobernar y qué estaba permitido hacer o no hacer.
Raúl Alfonsín en la presidencia era una excelente garantía democrática y no sé por qué (ahora lo sé) se me ocurrió que en ese momento monseñor Zazpe desde su magisterio también era una garantía a favor de la convivencia, la vida y la justicia. Lo vi caminar por la explanada de la universidad.
Entonces no sabía que sería la última vez que lo vería, pero no deja de ser curioso que la última imagen que registro de él sea caminando, precisamente, por la explanada de la Universidad Nacional del Litoral.
V
A mí me ocurre algo raro en mi relación con la iglesia. No creo en Dios, pero creo en los curas, por lo menos en ciertos curas. Como alguna vez le dije al padre Edgar Gabriel Stoffel, con el cual discutíamos tanto y compartimos tantas cervezas: "Hasta aquí llega mi fe al dogma". Y él me miró con gesto canchero y me dijo: "No alcanza, pero algo es algo".
Es verdad, no soy creyente (aunque sobre ese tema uno nunca está del todo seguro) pero en Zazpe creía. Empecé a creer cuando nos visitó en abril de 1976 en la cárcel de Coronda. Nos saludó a cada uno de nosotros. Lo acompañaban dos gendarmes que no podían disimular su incomodidad, su desagrado.
VI
Después celebró una misa. Sospecho que la mayoría de los que participamos de ella no éramos creyentes . Pero estábamos allí porque Zazpe era diferente. De esa ceremonia tengo presente la mención a la película "Jesucristo Superstar". Y una frase: "Cristo es la presencia de la fe en la historia".
Él también sabía con quiénes estaba hablando. Era sensible, era solidario, pero no era ingenuo. Su conciencia evangélica le exigía estar presente en la cárcel para dar una voz de esperanza y para hacernos saber que no estábamos solos. Yo no sé qué recuerdos tienen mis compañeros de presidio de aquellos años.
No puedo hablar en nombre de todos, y tampoco importa que lo haga. Hablo por mí y entonces digo que siempre tendré presente a monseñor Zazpe y esa manera suya de estrecharnos la mano.
VII
Hablo por mí. Y soy sincero: Zazpe no me hizo creyente, pero a él le creía. Y a partir de ese momento le creí siempre. Cuando recuperé la libertad, una amiga religiosa me dijo que quería saludarme. No lo podía creer. En 1978, había "amigos" que se cruzaban de vereda porque "los comprometía".
Pero el arzobispo de la ciudad me recibió en su residencia de General López y San Jerónimo. Tampoco lo olvido. Delgado, algo pálido, tenía una manera especial de caminar; sus modales eran cordiales, elegantes; el tono de su voz era persuasivo; su sonrisa breve pero cálida.
Conversamos en una galería con sillones. Insisto una vez más: Zazpe no era ingenuo. No ignoraba que la persona que tenía enfrente era un izquierdista ateo. No lo ignoraba, pero supongo que estaba más allá de esos "detalles"; su liderazgo espiritual me incluía, aunque más no sea como oveja descarriada.
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VIII
Sin perder la cordialidad, quedaba claro que era un hombre consciente de su poder y de sus responsabilidades. Sus decisiones y sus actos no eran producto de la improvisación, sino de una conciencia atenta y sensible. ¿Zazpe era comunista? El que así lo piensa es un imbécil.
¿Era un revolucionario del Evangelio? Tampoco. Zazpe era un reformista; un sacerdote comprometido con el Evangelio que se esforzaba con mucha prudencia en hacer realidad los enunciados del Concilio.
Ese reformismo -pero también ese humanismo- le alcanzaba para ser solidario con monseñor Angelelli, no porque estuviera en todo de acuerdo con él, sino porque sabía que Enrique Angelelli era también un hombre de la Iglesia. Lo que ocurre es que en tiempos de barbarie un reformista leal a sus convicciones es un escándalo.
IX
A quienes entonces militábamos en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), Zazpe nos recibió cada vez que se lo solicitamos. Yo escuchaba con frecuencia su columna radial, "Habla el arzobispo". No siempre estaba de acuerdo, pero daba gusto escucharlo.
El tono de la voz, ese estilo de presentar una hipótesis a través de ejemplos de la vida cotidiana, esa inteligencia perceptiva y abierta. Paradojas de la vida. El hombre, el sacerdote que habló con conmovedor coraje en tiempos que muchos callaban, calló para siempre con la recuperación de la democracia.
Un creyente probablemente diría que acudió al llamado del Señor. Puede ser. Pero yo nunca dejaré de extrañarlo.

